Escuchemos los acordes
que viene tocando el agua,
sus compases y silencios
hacen música en el alma.
Ven y acércate a la fuente,
ven y acércate a escucharla,
que no hay música más bella
que la música del agua.
Escuchemos los acordes
que viene tocando el agua,
escuchemos como toca
con sus deditos de plata.
jueves, 1 de noviembre de 2007
TORO
La muerte clavó sus garras
dentro de sus entrañas,
fuera, lloraba sangre
por el filo de la espada.
Cayeron la nubes negras,
la muerte las esperaba,
las esperaba la muerte
cuando la sed avanzaba.
Tomó por lecho la arena,
y por almohada las tablas,
fueron callando las horas
sobre su esfera de escarcha.
Aquella rosa de lumbre,
sobre su lomo clavada,
le iba arrancando la vida
dentellada a dentellada.
Perdió la imagen de luces,
con banderillas clavadas,
cuando el último suspiro
le abrió la puerta a las lágrimas.
Ya rotos los velos negros,
cuando el gentío aclamaba,
solo un jirón de la muerte
quedó colgando en la espada.
dentro de sus entrañas,
fuera, lloraba sangre
por el filo de la espada.
Cayeron la nubes negras,
la muerte las esperaba,
las esperaba la muerte
cuando la sed avanzaba.
Tomó por lecho la arena,
y por almohada las tablas,
fueron callando las horas
sobre su esfera de escarcha.
Aquella rosa de lumbre,
sobre su lomo clavada,
le iba arrancando la vida
dentellada a dentellada.
Perdió la imagen de luces,
con banderillas clavadas,
cuando el último suspiro
le abrió la puerta a las lágrimas.
Ya rotos los velos negros,
cuando el gentío aclamaba,
solo un jirón de la muerte
quedó colgando en la espada.
NOCHE
Llega la noche, en silencio.
La arboleda duerme
y se inquieta por la brisa…
Llegan las sombras
cogidas de la quietud pasmosa
y se extienden
como un borrón sobre el paisaje.
Se asoman las estrellas temblorosas
en su lejanía,
oteando aquellos brillos del rocío
y desafiando este recorte de penumbras.
Llega la noche, tan callada,
tan despacio…
Como el vuelo grácil de la grácil mariposa,
intemporal y vaporosa,
como la rosa de la muerte prematura,
que se marchita y se deshoja,
como la palabra que no ha sido pronunciada,
infértil por ella misma,
como el eco absurdo de la frase nunca dicha,
que jamás nos la recuerda,
como el beso de las aguas a la arena…
infructuoso para siempre…
Llega la noche con su soledad impuesta,
camina por los rincones
sembrando la paz umbría,
lamiendo la arboleda con su saliva obscura,
aferrándose a lo incierto,
con la garra de los sueños
y volcando su misterio
sobre el alma de los lechos.
Viene con el frío entre sus manos,
con sus fantasmas carcomidos, de leyenda,
caminando lentamente,
con sus pasos comedidos,
cabalgando entre los surcos de la huerta,
ascendiendo por las uñas de la hiedra,
arrancando su esplendor a la pineda…
Y el corazón duerme…
Duerme ajeno a la negrura,
duerme entre sus sueños y quimeras,
en la laxitud de las querencias.
Y tus besos duermen…
arropados de carmín de fuego,
envueltos en sabor de coco…
húmedos…
sutiles…
La noche llega y todo duerme
duerme el sol y la belleza,
duerme el verde y la pradera,
duerme el cuervo y la corneja,
duerme el mundo…
solo el reloj camina…
y nos despierta.
La arboleda duerme
y se inquieta por la brisa…
Llegan las sombras
cogidas de la quietud pasmosa
y se extienden
como un borrón sobre el paisaje.
Se asoman las estrellas temblorosas
en su lejanía,
oteando aquellos brillos del rocío
y desafiando este recorte de penumbras.
Llega la noche, tan callada,
tan despacio…
Como el vuelo grácil de la grácil mariposa,
intemporal y vaporosa,
como la rosa de la muerte prematura,
que se marchita y se deshoja,
como la palabra que no ha sido pronunciada,
infértil por ella misma,
como el eco absurdo de la frase nunca dicha,
que jamás nos la recuerda,
como el beso de las aguas a la arena…
infructuoso para siempre…
Llega la noche con su soledad impuesta,
camina por los rincones
sembrando la paz umbría,
lamiendo la arboleda con su saliva obscura,
aferrándose a lo incierto,
con la garra de los sueños
y volcando su misterio
sobre el alma de los lechos.
Viene con el frío entre sus manos,
con sus fantasmas carcomidos, de leyenda,
caminando lentamente,
con sus pasos comedidos,
cabalgando entre los surcos de la huerta,
ascendiendo por las uñas de la hiedra,
arrancando su esplendor a la pineda…
Y el corazón duerme…
Duerme ajeno a la negrura,
duerme entre sus sueños y quimeras,
en la laxitud de las querencias.
Y tus besos duermen…
arropados de carmín de fuego,
envueltos en sabor de coco…
húmedos…
sutiles…
La noche llega y todo duerme
duerme el sol y la belleza,
duerme el verde y la pradera,
duerme el cuervo y la corneja,
duerme el mundo…
solo el reloj camina…
y nos despierta.
SENTIRES
Hoy se quebró mi palabra,
no se, mi niña, que siento,
si son quejidos del viento
o es este amor que me embarga.
Siento las rosas que mueren
presas en mi empalizada
cuando despuntan las malvas
y los claveles se encienden.
Hoy se quebró mi palabra
como se quiebran los vidrios
como se quiebran los lirios
cuando la tarde se apaga.
No se, mi niña que siento,
hoy me quedé sin palabras,
y es este amor que me embarga
dueño de mis sentimientos.
no se, mi niña, que siento,
si son quejidos del viento
o es este amor que me embarga.
Siento las rosas que mueren
presas en mi empalizada
cuando despuntan las malvas
y los claveles se encienden.
Hoy se quebró mi palabra
como se quiebran los vidrios
como se quiebran los lirios
cuando la tarde se apaga.
No se, mi niña que siento,
hoy me quedé sin palabras,
y es este amor que me embarga
dueño de mis sentimientos.
LA CALLE
La calle duerme tendida,
sobre su lomo el bullicio,
un niño llora perdido,
y un perro lame su herida.
De la ventana, el cristal
va repartiendo reflejos,
reminiscencias de espejo
que ocultan lo principal.
El viejo con su cayado,
la vieja con sus recuerdos
y con baldosines viejos
entre ambos surge el pasado.
La calle duerme tendida
las casas velan su sueño,
el niño llora en su empeño
y el perro observa su herida.
El viejo, con su cayado,
labra historias vencidas,
despierta viejas heridas,
la vieja asiente callando.
Se marcha el sol, de la tarde
se lleva el perro su herida,
llorando, la calle arriba,
el niño no encuentra a nadie.
sobre su lomo el bullicio,
un niño llora perdido,
y un perro lame su herida.
De la ventana, el cristal
va repartiendo reflejos,
reminiscencias de espejo
que ocultan lo principal.
El viejo con su cayado,
la vieja con sus recuerdos
y con baldosines viejos
entre ambos surge el pasado.
La calle duerme tendida
las casas velan su sueño,
el niño llora en su empeño
y el perro observa su herida.
El viejo, con su cayado,
labra historias vencidas,
despierta viejas heridas,
la vieja asiente callando.
Se marcha el sol, de la tarde
se lleva el perro su herida,
llorando, la calle arriba,
el niño no encuentra a nadie.
AGUAS DE MUERTE
Aguas de la muerte silenciosa,
que besais la arena en un murmullo
tornad a la madre lo que es suyo
que un hijo en las aguas no reposa.
Dejadlos varados en la arena
como blanca espuma de las olas,
durmiendo la noche oscura y sola,
que al final sonó como condena.
que besais la arena en un murmullo
tornad a la madre lo que es suyo
que un hijo en las aguas no reposa.
Dejadlos varados en la arena
como blanca espuma de las olas,
durmiendo la noche oscura y sola,
que al final sonó como condena.
BUCOLICO
A la vera de las aguas
van los álamos del río,
van dando palmas en verde
para no sentir el frío.
Y las yerbas de la orilla
son temblor y desvarío
cuando la brisa se arrastra
por la ausencia del estío.
De la paz y del sosiego
se empolvorienta el camino
que va cortando la tarde
en parsimonia y olvido.
El sol muere en la montaña
dejando rayos perdidos
que saltan sobre las aguas
como un enjambre de brillos.
Los álamos, a la vera,
echan garra a su destino,
susurran rumores verdes
a todo el que quiera oírlos.
Y bajo el puente de piedra
sigue nadando el río
con lentejuelas doradas
de calor humedecido.
van los álamos del río,
van dando palmas en verde
para no sentir el frío.
Y las yerbas de la orilla
son temblor y desvarío
cuando la brisa se arrastra
por la ausencia del estío.
De la paz y del sosiego
se empolvorienta el camino
que va cortando la tarde
en parsimonia y olvido.
El sol muere en la montaña
dejando rayos perdidos
que saltan sobre las aguas
como un enjambre de brillos.
Los álamos, a la vera,
echan garra a su destino,
susurran rumores verdes
a todo el que quiera oírlos.
Y bajo el puente de piedra
sigue nadando el río
con lentejuelas doradas
de calor humedecido.
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