Lloré cuanto he podido,
he cubierto mi vida de lágrimas
cual gotas de rocío,
y en el ánima...
una fuerza secreta rompió el anillo.
Tú ya no estás y ahora…
… tu pensamiento es mío.
Lloré cuanto he podido,
he cubierto mi vida de lágrimas
cual gotas de rocío,
y en el ánima...
una fuerza secreta rompió el anillo.
Tú ya no estás y ahora…
… tu pensamiento es mío.
Los violines abren la aurora
cuando los árboles lloran…
…lloran las hojas ya muertas
como lágrimas vencidas,
amarillas del desgaste
que retozan con el viento
en un claro jolgorio de luz y cuento.
Una trompeta recuerda
los quejidos del otoño
en un trémolo alargado
que galvaniza los rincones umbríos
de los amores desvaídos.
Queda en el aire la sombra
de las noches estrelladas
que se han ido muriendo
desvencijadas de estrellas
y preñadas de algodones y cometas.
Las mimosas, adormecidas ellas,
corren por el paisaje
con sus enaguas de puntillas blanquecinas
en una nostalgia amarilla que se quedó
meses atrás prendida en los silencios del recuerdo.
Los violines rezan en la mañana
un Ave María de rizos musicales
que se encarama por los arabescos catedralicios.
Escalan lo más hondo del sentir
para llegar al alma
y tañen las fibras del sentimiento
para brotar por los poros de la piel
cual gotas cristalinas
que mueren en el olvido más recalcitrante.
Y yo, aferrado a mis ideales,
a los tuyos,
a los de ambos
dejo perderse mi mirada
por el sendero de las delicias
para llegar al aura que te envuelve
y saborear las pasiones que destilas
y que tan desinteresadamente
dejas caer hasta cubrirme.
Para llegar a ti,
a cada neurona suelta,
a cada latido desacompasado
y a cada suspiro descolgado de tus labios.
Para llegar a la cópula
de luces y sombras,
al amancebamiento de hierba y hojarasca,
al matrimonio perfecto de verdes y amarillos
que matiza el otoño de mi vida.
Para que lloremos la conjunción
de una sola lágrima errabunda
por este impávido universo.
Para llegar a ti
y escribirte mi epitafio
con un rosario de besos.
Existe un bosque de cruces
plantadas sobre Barajas
existe un bosque de cruces
con una sombra muy larga.
¡Cómo volaba la suerte,
ay, madre, como volaba!
¡Cómo llevaba en sus pliegues
el filo de la guadaña!
Cuando nacía la tarde,
solo una puerta cerrada,
la luz se quedaba afuera,
y adentro la noche aciaga.
Calló un pájaro en su canto
porque la parca cantara
y entra la hierba maldita
pudiera enterrar sus garras.
¡Cómo volaba la suerte,
ay, madre, como volaba!
¡Cómo llevaba en sus manos
aquella lista tan larga!
Entre las llamas la muerte,
la salvación en las aguas
benditas sin que haya iglesia,
benditas sin sus campanas.
De un puzle, las piezas sueltas
quedaron abandonadas,
ya nadie podrá montarlo
con piezas que así no cuadran.
¡Cómo volaba la suerte,
ay, madre, como volaba!
¡Cómo llevaba en el aire
un grueso manojo de almas!
Existe un bosque de cruces
que crecen sobre Barajas
y extiende su sombra negra,
su negra sombra tan larga.
Sube el caballo la cuesta
por donde sube la muerte
sube un jinete que lleva
en su navaja tu suerte.
Escupe la luna el plomo
y muerde sobre Albacete,
levántate chica y huye,
vete, muchacha, vete.
Sedienta viene la espuelas
clavada sobre el jinete,
que trae angustia temprana,
que trae angustia por verte.
Levántate chica y huye,
vete, muchacha, vete
que las estrellas de plata
vienen con cuatro claveles.
Hacen frialdad de adoquines
los cascos por la pendiente,
el viento acorta su paso
y el feto llora en el vientre.
Levántate chica y huye,
vete, muchacha, vete
que atando viene a tu reja
cuatro intenciones de muerte.
La luna tiñe de luto
la casa de blanco y verde
y adentro, sobre la chica,
relucen cuatro claveles.
¿Recuerdas aquella tarde?
El sol herido de muerte
empapaba algodones de sangre
a lomos del horizonte
y las olas coreaban
entre risas
nuestros besos
luciendo sus blancos dientes
mordaces y juguetonas.
Dos palabras resbalaron
por el aire,
como un ligero vuelo,
como una mariposa
de alas silentes y nerviosas
que volando entre arabescos
despertaba nuestras almas.
“Te quiero”
Y el viento, rapaz helada,
las arrancó para arrastrarlas en su seno,
para llevarlas a la salida de la realidad más cruda,
por donde luego perdí tus huellas
hace tantos años…
Y ahora, de nuevo, aquí,
solitario,
hundido en la maraña de recuerdos,
respiro nuevamente aquella imagen,
y sobre los puzles de la arena,
tus huellas se despiden entre las aguas voraces
donde nunca más has resurgido.
Desde algún lugar
sé que me miras
y que libas de mis lágrimas,
surcos inocentes
de este deseo imposible…
Se que las aguas son tus ojos
profundos, enamorados…
Y ahora, de nuevo aquí,
desde mi soledad hiriente,
otra vez te traigo aquél “Te quiero”.
Se arrastra sobre la tierra
el pino mediterráneo,
clava su garra en la arena
y en el mar sepulta el ánimo.
Sus penachos de esmeraldas
ejercen de caracola
libando la espuma blanca
que al hombro portan las olas.
Piensa en brisas ateridas
cuando adormece su vuelo,
deja el pájaro su aire
para medirse en el suelo
y repta, cangrejo verde,
por la playa bulliciosa
sobre las rocas que sienten
sus caricias misteriosas.
Se arrastra sobre la tierra
el pino mediterráneo
como arrastro yo la pena
de saber que no te valgo.